martes, 31 de enero de 2012

El escepticismo pirrónico


Me gustaría introducir la presente entrada con una anécdota sucedida hace unos años, dos o tres a lo sumo, cuando yo era estudiante de la facultad de Filosofía de Sevilla. En la asignatura de Filosofía Griega, impartida por D. Marcelino Rodríguez Donís, estábamos tratando el escepticismo pirrónico, y en un momento dado nuestro profesor hizo referencia a la historia que narraba cómo Pirrón de Elis (360-270 a.C.) en una demostración y ejemplo de insensibilidad e impasibilidad se mostró absolutamente indiferente ante la imagen de su maestro Anaxarcos que había caído a un pantano y daba muestras de sufrir cierto apuro. Pirrón no lo socorrió y Anaxarcos le felicitó por su actitud consecuente. Todavía hoy cuando amigos presentes y yo lo recordamos nos hace reír bastante pensar en la escena del pantano.

Este relato, muy probablemente ficticio, me sirve como excusa para hablar más detenidamente, ya que sí ha aparecido mencionado en este blog, de ese “mal amigo” originario de Elis. De él apenas se sabe nada, y se nos dice que nada escribió salvo un poema dedicado a Alejandro Magno. Probó suerte con la pintura, pero las noticias que nos han llegado nos dicen que era bastante malo. Importante también recordar que Pirrón y Anaxarcos formaron parte de la campaña de Alejandro en Asia, allí tuvo contacto con los sabios indios llamados en griego gimnosofistas (ya que iban completamente desnudos), esa actitud de distancia y desapego, esa sensación que paz y tranquilidad que transmitían dichos sabios parece que caló en nuestro Pirrón de Elis.

Como en las dos escuelas principales de la filosofía helenística (epicureísmo y estoicismo) el pensamiento pirrónico tendrá una meta marcadamente moral, claramente práctica. En una época difícil y convulsa como la que viven los helenos tras la muerte del gran Alejandro, lo que el hombre necesitaba era un punto donde apoyarse, una guía, una estabilidad que supusiera un contrapeso a la inseguridad en la que vivía en tiempos de crisis. Para alcanzar esa tranquilidad de ánimo, esa ataraxía, había que desarrollar primero un criterio teorético.

El citado criterio nos retrotraerá al celebérrimo “sólo sé que no sé nada” emparentado históricamente con la figura de Sócrates, el reconocimiento de la propia ignorancia llevada a gala –con mayor o menor ironía- por el maestro de Platón se ve reflejado curiosamente en un pensador antidogmático como Pirrón. Este último abogaba al parecer por la suspensión del juicio (epoché) y la no aserción (aphasía) en relación a lo que fuera la realidad en sí, es decir la verdad en sí. Se trata este de un escepticismo distinto del que frente al dogmatismo, simplemente defiende la imposibilidad del conocimiento, ya que el saber de carácter objetivo se nos torna inalcanzable debemos renunciar a él, este escepticismo (no pirrónico) tendría en común con el dogmatismo la ubicación central del ideal de un conocimiento especular de la realidad en sí.

La posición pirrónica, que nos conducirá a la tranquilidad, se fundamenta en la relatividad de las percepciones, lo conocido por mí está mediatizado e indisolublemente unido a mi subjetividad espacio-temporal (en griego “trópos”), conozco lo fenoménico, pero no lo nouménico (os suena a Kant ¿verdad?). Siglos después del pensador de Elis, Sexto Empírico en las Hypotiposis pirrónicas dirá “Así puesto que el escéptico establece que todo es relativo, es evidente que no somos capaces de decir lo que es cada objeto en sí y en su pureza; sino únicamente lo que es la representación en tanto que relativa”.

Como consecuencia no se nos aconsejará la inacción, la parálisis, sino el sometimiento a los fenómenos y la convicción del valor relativo del conocimiento. Es decir, la sképsis (término griego que significa indagación y del que deriva el español escepticismo) sin fin muestra la inexistencia de verdades absolutas.

Quizás en una libre y moderna (o postmoderna) interpretación podríamos acoger las tesis del viejo (o no tanto) Pirrón a la hora de sospechar de aquellos que asientan su mirada en realidades y verdades monolíticamente seguras y que rehúsan el auténtico diálogo socrático que pretendía encontrar una verdad común e interpersonal.

Olvidando, evidentemente, hoy en día la defensa de un relativismo absoluto, sí convendremos en el deseo de una relativización de los férreos dogmas que dificultan la comprensión entre los hombres y fundamentan situaciones de opresión, desigualdad y ceguera.


No olvidemos la posibilidad hoy defendida por diversos pensadores de sostener una convivencia plurióptica sobre una base común en relación a los derechos inherentes a las personas.


viernes, 20 de enero de 2012

Guerras hiperreales



Me propongo exponer en breves líneas un trabajo de clase realizado con los alumnos de los dos grupos de Educación ético-cívica 4º de E.S.O. del centro Escuelas Francesas S.A.L. de Sevilla. Dentro del bloque temático dedicado a las relaciones interpersonales, más concretamente en el apartado sobre la violencia en los conflictos bélicos hemos aprovechado para realizar una interesante actividad acerca del concepto de verdad en los medios de comunicación.

En primer lugar partimos del libro de texto usado por el alumnado (de la editorial Mc Graw Hill), en él se recoge un fragmento del libro de Susan Sontag titulado “Ante el dolor de los demás” en donde se hace referencia al papel de los corresponsales de guerra, siendo los que posibilitan que la cámara (un ojo que pensamos que todo lo ve, pero que como expondré posteriormente no es así) nos lleve a nuestros hogares las imágenes de lejanos (o no tanto) conflictos.

Aprovechando dicha mención acerca de los reporteros, nos trasladamos a un texto de Alex Arévalo Salinas cuyo título reza “El desempeño de los medios de comunicación en los conflictos bélicos” ( http://es.scribd.com/doc/7281782/El-Desempeno-de-Los-Medios-de-Comunicacion-en-Los-Conflictos-Belicos).

En el mismo aparece un apartado dedicado a la Guerra del Golfo (1991) a la que se califica como conflicto esterilizado. El trabajo en sí consistió en la lectura de dicho texto reflexionando acerca de cómo una censura informativa impuesta de forma eficaz, puede permitir cubrir únicamente una visión “periférica” de los hechos y obviar las imágenes “centrales” de los mismos. Así se consiguió trasmitir una imagen aséptica pero irreal de un conflicto que pareció más extraído de un vídeo juego que de la propia realidad. Toda guerra sabemos que es sinónimo de muerte, sufrimiento y destrucción, en ese momento, durante la Guerra del Golfo se pretendió representar una función mediática que mostraba (o mejor dicho que no monstraba, ya que excluía lo monstruoso) el modo hiperreal de acercarnos hoy en día a la pretendida realidad. En España, hay que tenerlo presente, varias cadenas televisivas convocaban diariamente en distinto horario a la audiencia para que fuera testigo del espectáculo.

Precisamente ese término de hiperrealidad me llevó a introducir el pensamiento del francés Jean Baudrillard y su famosa tesis plasmada en la obra “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar” en la que se nos quiere hacer conscientes de que lo que había sido “visto” no coincidía con el núcleo trágico de la guerra, sino con la deconstrucción-reconstrucción de la misma, proceso que había edulcorado su esencia con claros fines propagandísticos.

Partiendo del hecho, del que vamos siendo conscientes a lo largo de los años, de que la objetividad absoluta en ciertos campos es absolutamente imposible, conviene reflexionar sobre lo fácil que es tomar a la ligera como certeza lo que nos “cuentan” y “enseñan”. Desde la famosa narración radiofónica de Orson Welles de una “invasión extraterrestre” hasta la triste imagen de una Iraq maquetada presentada y defendida por Colin Powell tenemos numerosos casos de cómo lo servido como “verdad” realmente no lo es, o al menos no de forma categórica. Nada baladí recordar la denominación de cuarto poder a los mass media, al fin y al cabo son constructores de “realidades” y “evidencias”, de esto sabían bien los soviéticos que, como me gusta decirle a mis alumnos, llamaron “Pravda” (la verdad) al periódico por excelencia de su régimen.

Estas ideas que he expuesto de forma sucinta pretendo ampliarlas y publicarlas en la revista de ámbito educativo “IES”, de la cual os dejo el enlace por si os apetece echarle un vistazo http://www.revistaies.net/

martes, 17 de enero de 2012

Vigilados y rendidos (publicado en E.P.)



JOAQUÍN ESTEFANÍA


VIGILADOS y RENDIDOS.

Las autoridades europeas califican como "aberrante" la decisión de la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor's de rebajar la solvencia a nueve países de la eurozona. El comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, declara que "las agencias no son ningún árbitro imparcial o desinteresado. Su labor obedece a intereses específicos. Con su actitud aumentan la inestabilidad en la Unión Europea (UE), lo que seguramente interesa a ciertos círculos monetarios y financieros". Verde y con asas.

Cada vez que las agencias rebajan su rating a un país, empeoran las condiciones de vida de sus ciudadanos. Esos mismos ciudadanos, en general, no se lo merecen (a no ser que sean defraudadores: a las haciendas, a sus sistemas de protección, etcétera) pero da la sensación de que a los políticos que los representan les está bien empleado el sofoco de ver caer su nota: porque han consentido y consienten a las agencias hacer lo que les viene en gana, sin confrontarse con ellas. No se les pueden admitir las lágrimas de cocodrilo ni las manifestaciones de impotencia cada vez que las agencias dan su veredicto negativo. Tres sociedades de calificación de riesgos -Moody's, Standard & Poor's y Fitch- controlan en régimen de oligopolio el 95% del mercado mundial. En los tres casos se trata de empresas privadas que cotizan en Bolsa, en muchos casos con similares accionistas, con unos escasísimos niveles de regulación pública y que son contratadas por los países a los que luego califican. Puro masoquismo.


Desde que comenzó la actual crisis, en el verano de 2007, se oye -en cada ocasión que pronostican una catástrofe o encarecen el riesgo país- que las agencias van a ser reguladas, que se van a homogeneizar sus métodos de trabajo, que va a haber movilidad en su contratación, que se va a prohibir que evalúen a empresas cuyos dueños de referencia son los mismos que los de las propias agencias, etcétera, pero esa regulación nunca llega, siempre se retrasa hacia más adelante. Sus lobbies deben ser muy poderosos.


¿No puede el poder político enseñar los dientes a esta parte del poder económico, sin ciscarse en los pantalones? Naturalmente, sin violentar las normas del mercado pero sin permanecer al mismo tiempo abúlico, resignado, paralizado, al tiempo que se dice que el trabajo de ese oligopolio "no es óptimo" ¿Puede Europa investigar, por ejemplo, el monopolio de Microsoft o la fusión de General Electric y Honeywell -¡qué tiempos, Mario Monti!- y no el de las agencias de calificación? ¿No se ha de abrir un expediente informativo a tres sociedades oligopolistas para determinar si hay abuso de poder dominante, de las que se sospecha que en su interior no se respetan las murallas chinas que han de evitar los conflictos de intereses? Eso lo que se desprende, precisamente, de las declaraciones citadas del comisario de Economía.


En el comunicado de Standard & Poor's en el que se rebaja la calificación de los nueve países hay, además, una valoración sin complejos del trabajo de los políticos europeos. Dice que la cumbre de jefes de Gobierno de principios de diciembre no ha servido para casi nada, ya que no concretó los recursos suficientes para reforzar las operaciones de rescate o para proporcionar apoyo a los países más debilitados. Y lo más importante, que un proceso de reformas basado únicamente en la austeridad fiscal tiene el riesgo de provocar su propio fracaso provocando una caída de la demanda interna asociada a la preocupación creciente de los consumidores por la estabilidad del empleo y la renta disponible erosionando así los ingresos fiscales nacionales. Es decir, que según la agencia, nada de lo que se está prometiendo a los ciudadanos es verdad.


En el caso de España, además de rebajar otra vez la nota (cinco escalones desde su máximo, a principios de 2009), Standard & Poor's amenaza con más tensiones si no se aprueba a corto plazo la reforma laboral, no hay medidas adicionales de recorte o si la banca necesita más ayudas públicas para capitalizarse. Rajoy declara que sabe lo que hay que hacer, aparentando que tiene autonomía, pero la única verdad es que estamos vigilados, amenazados y rendidos ante tres empresas privadas sin regulación: nefasto balance para la democracia.


viernes, 25 de noviembre de 2011

El cerebro no busca la verdad.


Esta semana he tenido acceso, gracias a Noelia Chia que fue alumna de nuestro Centro, a un interesantísimo programa de Redes, que como sabéis es un espacio de tve2 comandado por Eduardo Punset –magnífico divulgador científico y exministro español-. En concreto se trata de una entrevista a la psicóloga australiana Cordelia Fine.

Para empezar reflexionemos sobre la frase que precisamente cierra el programa: “El cerebro puede editar y censurar selectivamente la verdad para construir una realidad más amable y dulce”. Comencemos de nuevo por el final –en este caso de la frase-, aquí se nos habla de una realidad más amable y dulce, es decir de un mundo más compatible con nuestros deseos, con nuestra seguridad y que, por lo tanto, no represente en ningún caso nuestros miedos, esos miedos que deseamos alejar como sea. Nuestra mente nos ayuda en este caso a no sufrir demasiado, presentando una interpretación del mundo afín a nuestra necesidad de equilibrio.

Así se explica que seamos, normalmente, mucho más severos con los demás que con nosotros mismos cuando juzgamos acciones, sentimientos, deseos etc. Necesitamos que nuestra configuración de lo que llamo mi experiencia esté de nuestra parte, para así sentirnos más seguros. Pero claro, para ello en innúmeras ocasiones nos valemos de ardides como los prejuicios o la exacerbación de nuestra vanidad. En un día a día que nos sobresatura de estímulos a nivel consciente, ahí está el subconsciente para actuar –no siempre justamente-, de ahí que se llegue a decir en la grabación que “la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”.

Fine nos habla durante la conversación de cómo la mente humana ha desarrollado una serie de mecanismos inconscientes que introducen variables subjetivas que se mezclan con los hechos que nos rodean o con la experiencia que tenemos de nosotros mismos. Por lo tanto, siguiendo la afirmación en sentido inverso, llegamos a la conclusión de que lo llamado por nosotros “realidad” es algo confeccionado, algo que no puede soslayar al sujeto que la percibe; aparece de forma manifiesta en este momento un claro planteamiento idealista que muestra la invalidez del denominado realismo ingenuo. En fin, intentamos hacer un combinado, un cóctel mezclando la “realidad pura” -en sentido kantiano- con nuestras aportaciones para que la “ingesta” diaria de la “vida pura” no nos resulte excesivamente desagradable.

Construimos seleccionando, censurando –es la segunda vez que nuestros pensamientos durante esta entrada nos llevan a Sigmund Freud- operamos sobre todo aquello que nos llega para desarmarlo de los posibles daños que nos pueda producir, o también, al contario, introduciendo una señal de alerta que nos ayude en nuestra lucha por la supervivencia. En referencia a lo último me gustaría subrayar los sobresalientes minutos dedicados al miedo, y a cómo nos valemos del mismo –cuando se da en su justa medida- para poder transaccionar con el mundo, sobre todo en situaciones de verdadero peligro u hostilidad. Como ejemplo de ello destaco las palabras pronunciadas por el periodista español Jon Sistiaga, testigo directo de multitud de conflictos bélicos y por lo tanto conocedor de situaciones límites para el ser humano.

En relación con la violencia, merece la pena mencionar la reflexión acerca del término deshumanización; es precisamente el momento en el que –al margen del proceso que se da asimismo en el agresor- se deja de ver al “otro” como persona, como ser humano, como esencialmente igual a uno mismo cuando la agresividad latente puede dar el salto a la acción violenta, esa violencia que no olvidemos puede –ayudada por la razón, por la lógica- llegar a cuotas inimaginables de “refinamiento” tal y como se ejemplifica en el reportaje cuando se habla de la guerra de la antigua Yugoslavia.



Por favor, pinchad el enlace que merece verdaderamente la pena.



viernes, 18 de noviembre de 2011

Texto de Ortega y Gasset.


Al hilo del artículo del catedrático Gómez Pin al que dediqué la última entrada, y habiendo reflexionado sobre el mismo, vino a mi mente la claridad meridiana con la que Ortega expresa esa situación problemática del hombre que se encuentra ante el reto de conocer el mundo que le rodea, y conocerse a sí mismo, en lo que comúnmente llamamos vida.


Como me gusta recordarles a mis alumnos, Ortega nos dice, en numerosos pasajes, que la experiencia vital de cada uno –nuestra vida- demanda una comprensión, un saber a qué atenernos. Señalemos que precisamente la imposibilidad de separarnos de nuestra circunstancia, a la que debemos dotar de sentid, sustenta la crítica a ese yo-ficción del racionalismo.


Gómez Pin en su artículo reivindicaba el acceso a toda aquella información que pudiese ayudarnos, socorrernos –nunca mejor dicho- en esta experiencia de otorgar un significado a ese lapso de tiempo que deviene entre nuestro nacimiento y nuestra desaparición. Y se refería a ello atendiendo a distintos niveles educativos (no olvidemos que toda experiencia nos educa), desde la estrictamente académica hasta la organización del mundo laboral y de ocio de nuestras sociedades.


Toda mecanización, toda vaciedad que se introduzca en nuestro día a día tiene como consecuencia una inevitable alienación, en la que, como indica el término, dejamos de ser nosotros, nos extrañamos con respecto a la vitalidad auténtica, hasta que, por seguir con el término, llegamos a no “reconocer” nuestra falsa relación con el mundo, con lo más íntimo que tenemos: nuestra vida.


Por ello en el artículo referido se llamaba la atención sobre la idea de contemplar la Filosofía como un lujo para una selecta minoría. No es así, la Filosofía, las preguntas fundamentales acerca de nuestro “ser”, las necesitamos todos sin excepción para intentar por todos los medios conseguir conocernos lo más profundamente posible y saber orientarnos en nuestra relación con la alteridad.


Somos responsables de nuestra vida, somos los artesanos que le damos forma a nuestra biografía, pero también es cierto que necesitamos en momentos claves, como el educativo, que se nos “ayude” a desarrollar las herramientas que faciliten el desvelamiento de lo esencial de nuestro existir.


Para ejemplificar las ideas orteguianas sobre la cuestión, viene a la perfección el siguiente fragmento del pensador madrileño:



¿Por qué no renunciar a todo hacer y dejarme morir? Pero hasta para resolver dejarme morir tengo que motivar mi resolución, tengo que estar orientado sobre mi vida: sólo así “tendrá sentido” tal decisión; supone haberme convencido que es mejor morir que vivir. Pero esto, a su vez, implica que estoy ya perfectamente orientado sobre la vida, esto es, que sé lo que es la vida y todo en ella.

No se puede vivir sin una interpretación de la vida: Es ésta una extraña realidad que lleva en sí su propia interpretación. Esta interpretación es, a la par, justificación. Yo tengo, quiera o no, que justificar ante mi cada uno de mis actos. La vida humana es, pues, a un tiempo delito, reo y juez.

Es, pues, para el hombre imposible estar sin una orientación ante el problema que es su vida. Precisamente porque la vida es siempre en su raíz desorientación, perplejidad, no saber qué hacer, es también siempre esfuerzo por orientarse, por saber lo que son las cosas y el hombre entre ellas.


José Ortega y Gasset, Unas Lecciones de Metafísica.



lunes, 14 de noviembre de 2011

Día mundial de la Filosofía


El próximo jueves se celebrará, auspiciada por la O.N.U., el día mundial de la Filosofía. En el siguiente artículo, publicado por el diario El País, el catedrático Víctor Gómez Pin reivindica una educación universal que consiga desarrollar nuestras posibilidades racionales, que posibilite un acercamiento a la reflexión de las problemáticas fundamentales por las que todo ser humano puede llegar a preguntarse.

La Filosofía nos atañe a todos, y es un error pensar que es cosa de “unos pocos”, recordemos como ejemplo las palabras que abren la Metafísica de Aristóteles: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”. La educación debe, por tanto, asegurar que esa tendencia del hombre se vea respaldada por unas condiciones que la favorezcan, y no se convierta la reflexiónfilosófica ante el mundo y nosotros mismos un lujo para una minoría.


FILOSOFÍA Y DERECHOS HUMANOS.


Cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Educación invita a celebrar el día mundial de la filosofía, bueno es recordar que el artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos precisa que "la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad".
Lo difícil de todas las proclamas cargadas de buenas intenciones es que se den las condiciones sociales de su cumplimiento. Baste mencionar el articulado de la Constitución española según el cual todo ciudadano tiene derecho a una vivienda digna. Sin embargo, tratándose del evocado derecho universal se da el problema añadido de que ni siquiera se toma realmente en serio lo que implica una educación integral, una educación que garantice el desarrollo efectivo de la personalidad.

Pues bien, nada más adecuado al respecto que recordar la tesis platónica según la cual la educación no ha de sustituirse a las capacidades innatas sino fertilizarlas, ayudar a que se desplieguen las facultades intelectivas y creativas que caracterizan al ser humano entre las demás especies animales. Sin duda no todo ser humano puede consagrar su vida a la investigación científica o a la tarea artística, pero, sin embargo, cada uno de los humanos se halla concernido por ellas, y tiene derecho a que se le ayude a reconocer que efectivamente es así, que lo que se dirime en estas tareas del espíritu también es cosa suya. Entre otras cosas, misión de la filosofía es recordar este derecho.

El motor de la filosofía no es tanto explorar desconocidos rasgos del mundo como restaurar una actitud ante aspectos (del entorno o de nosotros mismos) que eventualmente pueden ser ya conocidos, pero que no por ello dejan de ser sorprendentes. Para un investigador en física los principios del formalismo cuántico pueden constituir algo sabido, pero el simple ciudadano al que se ha dicho que en tales principios se pone en tela de juicio la idea que nos hacemos del mundo, tiene todo el derecho a exigir una educación general que no los obvie, que le haga partícipe de lo que en ellos se juega.

Afirmar la universalidad de la disposición filosófica implica que las interrogaciones fundamentales, que tantos por circunstancias sociales se han visto forzados a repudiar de sus vidas, están al alcance de toda persona tensada por lo desconocido e inquieta sobre su ser y su entorno. No se exige de entrada ser una persona culta y menos aún una persona erudita. La filosofía tiene sus problemas específicos, archivados en los grandes textos de su historia, pero tales problemas son el resultado de que el ser humano ha experimentado siempre una suerte de estupor ante la naturaleza y ante su propia existencia, estupor que le lleva a interrogarse, traduciendo sus vacilaciones y respuestas en conceptos y símbolos.

Pues, al igual que Descartes, Kant, Heisenberg o Einstein, ¿quién no se ha preguntado alguna vez si hay o no hay una realidad física exterior, que seguirá tras su eventual desaparición y la desaparición de todos los demás humanos, los cuales en apariencia tienen una percepción de tal realidad coincidente con la suya? Los instrumentos para responder en uno u otro sentido a esta pregunta cubren hoy miles y miles de páginas de sesudas revistas filosóficas o científicas y han sido esgrimidos como armas por algunos de los eruditos más importantes.

Pero la pregunta sigue siendo elemental y toda persona es susceptible de sentirse interpelada por la misma, hasta el punto quizás de que, si su vida material se lo permitiera, acuciada por tal interrogación, empezaría a dotarse de los elementos de información precisos para abordarla. Cosa que ya ha hecho alguna vez, al menos en una etapa tan ingenua como luminosa en la que la vida no estaba extraviada entre querellas evitables y expectativas ilusorias.

Es un desprecio a los ciudadanos considerar la vida del espíritu como cosa de minorías exquisitas y designar para el común la alternancia entre un trabajo puramente mecánico (cuando lo hay) y un ocio estéril. Obviamente, el asunto tiene implicaciones políticas y por eso el mero hecho de reivindicar una educación que empuje a una actitud filosófica es ya una cuestión de compromiso.

Cuando hace unos meses un importante consejero de Gobierno autonómico promulgaba una educación superior pública adaptada al mercado, explicitando que el propenso al estudio de la cultura griega habría de "pagarse el lujo", no solo estaba despreciando a Eurípides y Aristóteles, sino también a Euclides, es decir, la matriz de nuestra cultura.

Lo democrático de la filosofía reside en la tesis, enunciada por Aristóteles, de que todos podemos instalarnos en la actitud interrogativa, a poco que nos liberemos de las barreras sociales que lo dificultan y que impiden realizar nuestra naturaleza de seres tallados por la razón y el lenguaje.


Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Relatos fantásticos.


En la entrada de hoy volvemos a los relatos fantásticos, a ellos ya le dedicamos algún espacio allá por el comienzo del blog hace casi dos años -quién lo diría-.

El primero trata el tema de lo imprevisible de nuestro día a día, y de cómo en muchas ocasiones podemos comprobar la imposibilidad de controlar todas las variables que de un forma u otra influyen en nuestra vida. Me hace recordar a ese personaje de la película "Nosferatu" (del alemán F.W. Murnau) que al ver a un hombre andando con evidente prisa casi corriendo, reflexiona y dice: a dónde irá con tanta prisa, nadie puede escapar a su destino.


En el segundo se juega de modo trágico con el humano deseo de inmortalidad, y de cómo ese anhelo se podría volver angustiosamente contra nosotros. He aquí, narrados, los peligros que nuestra imaginación puede elaborar y que convertirían a un a priori goce por la satisfacción de lo alcanzado, en una pesadilla.


El resto de ideas que os puedan suscitar las podéis mandar como comentarios.


El gesto de la muerte (Jean Cocteau).

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

FIN



Vivir para siempre (James George Frazer).

Otro relato, recogido cerca de Oldengurg, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer, ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en una iglesia. Todavía está allí, en la iglesia de Santa María, en Lübeck. Es del tamaño de una rata y una vez al año se mueve".

Fin