miércoles, 28 de abril de 2010

El primer hombre

Hace pocas fechas releí El primer hombre de Albert Camus, dicho reencuentro tuvo un origen docente, ya que una alumna de segundo de bachillerato me pidió examinarse voluntariamente de él.

Ahora os recomiendo a todos, encarecidamente, su lectura. Esta obra inconclusa contiene las notas que el propio Camus llevaba en el coche en el que falleció en accidente el 4 de enero de 1960 a la edad de 47 años.

La narración autobiográfica, que gira en torno a los recuerdos de un Camus que iniciaba la cuarentena de edad, presenta un emotivo trasfondo: la figura de su padre muerto, cuando el futuro escritor apenas contaba un año de vida, en Francia en plena I Guerra Mundial.
La ausencia del padre, el enorme amor hacia la madre y su infancia caracterizada por una misérrima situación económica marcarán el carácter del autor de obras como El Extranjero o también de El mito de Sísifo.

No es la intención de esta entrada hacer un comentario pormenorizado de la obra, simplemente deseo presentárosla y subrayar la riqueza que podréis encontrar en sus páginas.

Como adelanto adjunto dos cartas que aparecen al final de la edición que publica en español la editorial Tusquets. La primera es remitida por Albert Camus al señor Germain –su profesor de educación primaria, y figura absolutamente decisiva en su vida- muy poco tiempo después de ganar el premio Nobel de Literatura. La segunda es la respuesta del propio Germain. Ambas cartas están impregnadas de una gran humanidad y de una firme creencia, al fin y al cabo, en las posibilidades de una moral fraternal.



París, 19 de noviembre de 1957.
Querido señor Germain:
Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo.
Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Lo abrazo con todas mis fuerzas.
Albert Camus.
El maestro escribe a Camus:
Mi pequeño Albert:
He recibido, enviado por ti, el libro Camus, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor J.-Cl.Brisville.
Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí "mi pequeño Camus".
Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. Y estudiándote, nunca sospeché la verdadera situación de tu familia. Sólo tuve una impresión en el momento en que tu madre vino a verme para inscribirte en la lista de candidatos a las becas.
(…)He visto la lista en constante aumento de las obras que te están dedicadas o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. [...]
Hace ya bastante tiempo que no nos vemos.
Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. Cuando se trataba de Dios (está en el programa), yo decía que algunos creen, otros no. Y que en la plenitud de sus derechos, cada uno hace lo que quiere. De la misma manera, en el capítulo de las religiones, me limitaba a señalar las que existen, y que profesaban todos aquellos que lo deseaban. A decir verdad, añadía que hay personas que no practican ninguna religión. Sé que esto no agrada a quienes quisieran hacer de los maestros unos viajantes de comercio de la religión, y para más precisión, de la religión católica. En la escuela primaria de Argel (instalada entonces en el parque Galland), mi padre, como mis compañeros, estaba obligado a ir a misa y a comulgar todos los domingos. Un día, harto de esta constricción. ¡metió la hostia "consagrada" dentro de un libro de misa y lo cerró! El director de la escuela, informado del hecho, no vaciló en expulsarlo. Esto es lo que quieren los partidarios de una "Escuela Libre" (libre... de pensar como ellos). Temo que, dada la composición de la actual Cámara de Diputados, esta mala jugada dé buen resultado. Le Canard enchaîné ha señalado que, en un departamento, unas cien clases de la escuela laica funcionan con el crucifijo colgado en la pared. Eso me parece un atentado abominable contra la conciencia de los niños. ¿Qué pasará dentro de un tiempo? Estas reflexiones me causan una profunda tristeza.[...]Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros.Mi señora y yo os abrazamos fuertemente a los cuatro. Afectuosamente vuestro.

domingo, 18 de abril de 2010

La nada

Ayer cayó en mis manos un libro, realmente atractivo, de relatos breves "Cuentos para leer en el bus". En este volumen se pueden encontrar historias narradas por escritores consagrados como Chejov, Kafka, Apollinaire, Bierce, Poe etc.

Me recomendaron encarecidamente que comenzara, no por el primero como sería habitual, sino por el segundo, escrito por el ruso Leonid Andréiev (1871-1919) y cuyo titulo es "La nada". Me encontré con un argumento fascinante y conmovedor; para que os llegue a todos aquí reproduzco el citado relato.

Todo el desarrollo del argumento, y sobre todo su final, merecen un buen comentario.

A disfrutar.

La Nada.
Por Leonid Andreiev.


Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo, importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy penoso morir; no creía en Dios ni comprendía porqué moría y lo dominaba el terror. Era horrible ver cómo sufría.Su vida era grande, rica y llena de interés; su corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora, estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su alma.Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay solamente siete.Y precisamente aquel día desconocido se presentó ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió en seguida que el diablo no había ido allí por ir, y se puso alegre. "Una vez que el diablo existe la muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el alma en condiciones ventajosas.) Esto era evidente, casi claro.Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido. Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio."¡Helos aquí tales como son! -pensó el dignatario examinando con curiosidad al visitante-. ¡Dios mío, qué hocico tan desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo."-Yo me lo figuraba a usted de otro modo -dijo en voz alta.-¿Qué? -preguntó el diablo haciendo un gesto.-Yo no me lo figuraba a usted así.-¡Tonterías!Todo el mundo le decía lo mismo al verle por primera vez, y esto le fastidiaba."Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino -se dijo el dignatario-. Quizá ni siquiera sepa beber."-¡Bueno, ya está usted muerto! -comenzó el diablo con tono flemático.-¿Qué es lo que dice usted? -exclamó indignado el dignatario-. ¡Estoy vivo todavía!-No diga tonterías -respondió el diablo, y continuó-: Está usted muerto... Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto serio y hay que tomar una decisión...-Pero ¿es de veras que... estoy muerto? Puesto que hablo...-¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en la estación, precisamente...-¿En la estación?-Sí.-Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo...-En una habitación vecina. Le están lavando ahora con agua caliente.Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.-¡Esas costumbres estúpidas! -dijo con cólera.-Eso no es cuenta mía -objetó el diablo-. No perdamos tiempo y vamos al grano... Tanto más cuanto que empieza usted a oler mal.-¿En qué sentido?-En el sentido más ordinario; se empieza usted a pudrir, y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la bondad de escuchar bien le que voy a decirle: no lo he de repetir.Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío...-"¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba siempre horror!", pensó el dignatario.-Eso era el reposo imperturbable -dijo el diablo examinando con curiosidad el techo tallado-. Desaparecerá usted sin dejar ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás, ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca pronunciará la palabra "yo"; en fin, no existirá usted ya, se extinguirá, cesará de vivir, se hará nada...-¡No, no quiero! -gritó con fuerza el dignatario.-¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.-¡No, no quiero reposo! -dijo decididamente el dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo, reposo.El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada de trabajo.-Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la vida eterna...-¿Eterna?-Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones... y sobre todo conservará su "yo". En fin, habrá de vivir usted eternamente.-¿Y sufrir?-Pero ¿qué es eso del sufrimiento? -y el diablo hizo una mueca-. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.-¿Hay allí mucha gente?-Bastante... Sí, se lamentan tanto que últimamente hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero ¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes gritaban: "¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!"-¡Qué brutos son!-Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón. Felizmente, nuestro Maestro...El diablo se levantó respetuosamente y su rostro adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto cobarde para manifestar su respeto.-Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que se martiricen ellos mismos...-¿Una especie de autonomía? -dijo sonriendo el dignatario.-Sí, lo que usted quiera... Ahora los pecadores se rompen la cabeza... ¡Vamos, querido, hay que decidirse!El otro reflexionó, y teniendo ahora plena confianza en el diablo le preguntó:-¿Qué me recomendaría usted?El diablo frunció las cejas.-No, en cuanto a eso... no soy amigo de dar consejos.-Entonces no quiero ir al infierno.-Muy bien, será como usted guste. No tiene usted más que poner su firma.Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que más bien parecía un moquero que un documento tan importante.-Firme aquí -y señaló con su garra-. Digo, no, aquí no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es aquí donde hay que firmar.El dignatario, que había cogido ya la pluma, la dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.-Naturalmente -dijo con un tono de reproche-, eso a usted lo mismo le da; pero a mí... Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a los pecadores? ¿Con el fuego?-Sí, con el fuego también -respondió con flema el diablo-. Tenemos días de asueto.-¿De veras? -exclamó con alegría el hombre.-Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que desde las diez de la mañana hasta el medio día.-¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?-Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.-¡Vamos, eso es muy liberal! -exclamó el otro con alegría-. No me lo esperaba... Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se dice malo, malo?...-Tonterías! -respondió el diablo.El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna...El dignatario vio barro en la pierna derecha del diablo. "No son muy limpios", se dijo.-Entonces -repuso el hombre-, ¿es la Nada?-La Nada -repitió el diablo como un eco.-¿O la vida eterna?-O la vida eterna.El hombre se puso a reflexionar. En la habitación vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa más.-La vida eterna -dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos-. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?-¿Es de mí de quien habla usted?-No solamente de usted... Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto...Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.-Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera...Pero el diablo se enfadó.-¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. ‹¿Qué es eso del sufrimiento?", se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo...En este momento se le conducía ya al cementerio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento."Mi corazón está cansado hasta de las alegrías", continuaba reflexionando el dignatario que conducían al cementerio. "No pide más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado..."Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.-¡Pero despache usted! -le dijo el diablo con tono disgustado-. ¡El fin se acerca!Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la, palabra "fin" le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.-¿Se puede firmar con los ojos cerrados? -preguntó tímidamente.El diablo le echó una mirada bizca y respondió:-¡Siempre tonterías!Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento importante.El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los ojos, puso el dedo sobre el papel y... precisamente en el último momento, cuando había firmado ya, abrió un ojo y miró.-¡Ah, qué es lo que he hecho! -gritó con horror, arrojando la pluma.-¡Ah! -le respondió como un eco el diablo.Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo, marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su risa, semejando una serie de truenos...En este momento se procedía ya al entierro del alto dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.


Texto tomado de www.lamaquinadeltiempo.com

miércoles, 31 de marzo de 2010

Otro enigma

De nuevo os propongo una interesante investigación, leed los siguientes versos:


No pienses en el día oscuro en el día en que nadie responde,
en el día en que tienes a un dios enfrente.
Piensa en la otra jornada, aquella en que venciste al enemigo
o ganaste en el juego, aquel día feliz en que todo te sonreía.
Que tu ejemplo en la vida sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento.



Desde la mañana a la noche, tanto en día
festivo como de trabajo, todos – la plebe y los patricios-
se agitan bulliciosos en el foro y no salen de él.
y todos, todos
se encuentran entregados a un solo afán,
a un único arte: estafarse hábilmente,
luchar mediante engaños, hacerse trampas,
adular y fingirse tontos, simular buena fe,
quebrantar la palabra dada, traicionar al amante,
como si todos fuesen enemigos de todos.

¿Quién los escribió? ¿cuándo y dónde vivió el autor? ¿qué temática abordan estos versos? ¿podrías relacionarlo con cualquier otro pensamiento que conozcas- se haya visto en clase o no-?

domingo, 28 de marzo de 2010

Apagón mundial

Hace pocos días, supongo que ya es bien sabido ya que fue repetido en varias ocasiones por televisión, multitud de ciudades de todo el mundo apagaron las luces de sus edificios más emblemáticos. La medida quería llamar la atención sobre el sobregasto energético al que diariamente sometemos a nuestro planeta.
Sinceramente no sé hasta que punto puede ser productiva dicha acción, o si quedará finalmente en mera y simple imagen, una más de las miles que conforman nuestro día a día. De todas formas un saludo y un reconocimiento a todas las personas que creen que es posible llamar la atención y educar acerca del medio que les dejaremos a las generaciones venideras.
No viene además nada mal recordar las palabras de Hesíodo sobre Gea (la tierra) en su Teogonía:
"En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo".

Os dejo además un poquito de música en relación a lo comentado hoy:

http://www.youtube.com/watch?v=RE20uuhnOd4

domingo, 21 de marzo de 2010

Cambio estacional

Hoy a las 18'37 horas hemos cambiado de estación; ha llegado la primavera y este año,ya que ha sido el de las lluvias torrenciales, parece que más deseada que nunca.
De todas formas, como despedida a este invierno centroeuropeo que hemos tenido, me gustaría dejaros dos momentos musicales de gran belleza, pertenecen a las "Cuatro estaciones" del italiano Antonio Vivaldi (1678-1741) y evidentemente están dentro de la parte dedicada al invierno, a la estación que hoy nos ha abandonado. La magnífica solista de violín se llama Anne-Sophie Mutter y la dirección corre a cargo del mítico Herbert von Karajan.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Pequeño enigma

Para estimular vuestra intervención en el blog os planteo la siguiente cuestión: ¿quién es el autor de las siguientes líneas? ¿qué motivó su creación? qué puedes comentar acerca del debate sobre dicho motivo? ¿qué filósofo racionalista comentado en clase tiene relación con esta problemática?

Aquí os dejo el texto citado:

"Oh infelices mortales ! ¡ Oh tierra deplorable!¡Oh espantoso conjunto de todos los mortales!,¡De inútiles dolores la eterna conversación!Filósofos engañados que gritan: "Todo está bien",Vengan y contemplen estas ruinas espantosas!Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas,Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados,Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados;Cien mil desventurados que la tierra tragaEnsangrentados, desgarrados, y todavía palpitantes,Enterrados bajo sus techos, sin ayuda, terminanEn el horror de los tormentos sus lamentosos días.Frente a los gritos, a medio formar, de sus voces moribundasy frente al espantoso espectáculo de sus humeantes cenizas¿Dirán ustedes: "Es el efecto de las eternas leyesque, de un Dios libre y bueno, necesitan la decisión?¿Dirán ustedes, al ver ese montón de víctimas:"Se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes?"¿Qué crimen, qué culpa cometieron esos niños,Sobre el seno materno aplastados y sangrientos ?¿Tuvo Lisboa, que ya no es, más viciosque Londres, que París, en los deleites hundidas ?Lisboa queda hundida, y en París se baila.Ustedes espectadores tranquilos, espíritus intrépidos,
Contemplando los náufragos
de sus hermanos moribundos,
En paz buscan las causas de las tempestades:Pero, cuando de la suerte adversa, los golpes reciben,Devenidos más humanos, como nosotros también ustedes lloran.Créanme, cuando la tierra entreabre sus abismos,mi llanto es inocente y legítimos mis gritos.Rodeados por todos lados de las crueldades de la suerte,Del furor de los malos, de las trampas de la muerte,Padeciendo los golpes de todos los elementos,Compañeros de nuestros males, permítannos los llantos.Es el orgullo, dicen ustedes, el sedicioso orgullo,El que, mientras estamos mal, pretende que podamos estar mejor.Vayan a interrogar las riberas del Tajo;Hurguen en los despojos de ese sangriento estrago;Pidan a los moribundos, en esa morada de horror,Si es el orgullo quien grita: "¡cielo, socórreme
¡ Cielo, ten piedad de la miseria humana!""Todo está bien, dicen ustedes, y todo es necesario"¿Qué, el universo entero, sin ese infernal abismo,Sin engullir Lisboa, hubiese estado peor ?¿Están ustedes seguros que la causa eternaQue todo lo hace, todo lo sabe, y todo lo creó para ella,No hubiera podido lanzarnos a esos tristes climasSin formar volcanes encendidos bajo nuestros pasos?¿Así limitaría usted a la suprema potencia?¿Le prohibiría usted ejercer su clemencia?¿El eterno artesano no tendrá en sus manos,Infinitos medios, ya listos para su designios?Humildemente deseo, sin ofender mi amo,que ese abismo encendido, de azufre y salitre,Hubiese encendido sus fuegos al fondo de los desiertos.A mi Dios respeto; pero quiero al universo.Cuando el hombre se atreve a gemir de tan terrible desgracia,¡Ay! No es por orgullo, es sólo sensible.Los pobres habitantes de esas tierras desoladas¡En el horror de los tormentos, encontrarían consueloSi alguien les dijese: "Caigan, tranquilos mueran;Para la felicidad del mundo se destruyen sus refugios;Otras manos levantarán sus palacios calcinados,Otros pueblos nacerán en sus muros derruidos;El norte se va a enriquecer con sus pérdidas fatales;Todos sus males son un bien en las leyes generales;Con el mismo ojo, Dios los mira a ustedes y a los viles gusanos,Cuya presa serán pronto ustedes en el fondo de sus tumbas !"Para desventurados ¡que horrible lenguaje!Crueles, a mis dolores no añadan el insulto.No, a mi trastornado corazón, ya no presentenEsas inmutables leyes de la necesidad,Esa cadena de los cuerpos, de los espíritus y de los mundos.¡oh sueños de sabios! ¡Oh profundas quimeras!En su mano tiene Dios la cadena, sin ser El mismo encadenado;Su benéfica decisión todo lo ha determinado:El es libre, justo, y en nada implacable¿Por qué pues sufrimos con tan equitativo dueño?he allí el nudo fatal que quedaba por desatar.¿Curarán ustedes sus males, atreviéndose a negarlos?Todos los pueblos, temblando bajo una divina mano,Del mal que ustedes niegan, el origen han buscado.Si la ley eterna que mueve a los elementos,Las rocas hace caer bajo la violencia de los vientos,Si los robles frondosos con el rayo se abrasan,Ellos no sienten los golpes que los aplastan;Mas yo vivo, mas yo siento, y mi corazón oprimidoSocorros pide al Dios que los ha formadoHijos del Todo Poderoso, pero en la miseria nacidos,Las manos extendemos hacia nuestro común padre.

Se sabe que el jarro no dice al alfarero:"¿Por qué soy yo tan vil, tan débil y tosco?El no tiene palabra, ni tampoco pensamiento;Esa urna formándose que al caerse quebranta,De la mano del alfarero no recibió corazónCapaz de desear bienes y sentir su desgracia."Esa desgracia, me dicen, de otro ser es el bien".De mi cuerpo desangrado mil insectos van a nacer;Cuando la muerte pone el colmo a los males que sufrí,¡Vaya gran consuelo, el ser comido por gusanos!Infelices calculadores de las desgracias humanas,No me consuelen, exasperan mis penas;Y en ustedes sólo veo el impotente esfuerzoDe un orgulloso desgraciado que simula contentamiento.Sólo soy del gran todo una débil parte:Sí; pero los animales a la vida condenados,Todos los seres sensibles, bajo el mismo techo nacidosViven en el dolor, y mueren como yo.El buitre, sobre su tímida presa encarnizado,De sus miembros sangrientos se alimenta con gozo;A él todo le parece bien; pero pronto le toca su turno;Un águila de pico cortante devora al buitre;El hombre con un mortal plomo al altivo águila alcanzaY el hombre en los campos de Marte en el polvo yaciendoSangriento, herido de golpes, arriba de una pila de moribundosSirve de alimento horrendo a las aves voraces.Así del mundo entero todos los miembros gimen:Nacidos todos para los tormentos, uno por el otro perecen,¡Y van ustedes a arreglar en ese caos fatal,Con las desgracias de cada ser una dicha general!¡qué dicha! o mortal, y débil y miserable.Con lamentable voz, gritan ustedes: "Todo está bien",El universo los desmiente, y también su propio corazónCien veces de su espíritu ha refutado el error.Elementos, animales, humanos, todo está en guerra.Hay que reconocerlo, el mal está en la tierra:Su principio secreto nos queda desconocido¿Del autor de todo bien habrá venido el mal?¿Será el Tifón1 negro? ¿el bárbaro Arimanes2?
Cuya tiránica ley a sufrir nos condena;Mi espíritu no reconoce esos monstruos odiososQue ayer, el tembloroso mundo, formó como dioses¿Pero cómo concebir un Dios, todo bondad,que prodigó sus bienes a sus hijos amadosy que, a manos llenas, sobre ellos virtió tantos males?¿Qué ojo puede penetrar en sus profundos designios?Del Ser todo perfecto, el mal no podía nacer;

Tampoco de otro3 viene, ya que sólo Dios es dueño.
Sin embargo existe ¡oh tristes verdades!oh mezcla sorprendente de contrariedades!O el hombre nació culpable, y Dios castiga su raza,o ese dueño absoluto del ser y del espacioSin ira, sin piedad, tranquilo e indiferenteDe sus iniciales decretos sigue el eterno torrente;o la informe materia, a su dueño rebelde,En sí lleva defectos necesarios como ella;O también Dios nos prueba, y esta mortal moradaSólo es un estrecho paso hacia un mundo eterno.Aquí enjugamos transitorios sufrimientos:La muerte es un bien que cierra nuestras miserias.Pero cuando salgamos de ese horrendo paso¿Quién de nosotros pretenda merecer la felicidad?Cualquiera que sea el partido tomado, cada uno debe temblar.Nada conocemos y todo tenemos.La naturaleza queda muda, en vano se le interroga;Necesitamos de un Dios que hable al género humano.A él le pertenece explicar su obra,Consolar al débil, iluminar al sabio.El hombre, a la duda, al error, entregado sin él,En vano busca cañas en donde apoyarse.No me dice Leibnitz por qué nudos invisibles,En el mejor ordenado de los posibles universos,Un desorden eterno, un caos de desgracias,A nuestros vanos gozos mezcla reales dolores.Tampoco dice por que inocente y culpable.Padecen por igual ese mal inevitableTampoco concibo cómo todo quedaría bien:Como doctor soy ¡Ay de mi! y nada sé.¿Qué puede pues el espíritu en toda su amplitud?Nada: el libro de la suerte a nuestros ojos se cierra.El hombre, extraño para sí mismo, del hombre está ignorado¿Qué soy, en donde estoy, a donde voy y de donde vengo?Atormentados átomos encima de ese montón de lodo,engullidos por la muerte y juguetes de la suerte,pero átomos pensantes, átomos cuyos ojosPor el pensamiento guiados, del cielo han tomado la medida;En el seno del infinito, nuestro ser levantamos,Incapaces, siquiera un momento, de vernos y conocernos.Este mundo, ese teatro de orgullo y de error,Lleno está de infortunados que hablan de felicidad.Todo se queja, todo gime buscando el bienestar:Nadie quisiera morir, nadie quisiera renacer.A veces, en nuestros días dedicados a los sufrimientos,Con la mano del placer enjugamos nuestros lloros;Mas el placer toma su vuelo, y, tal sombra, pasa;

Nuestras penas, nuestros pesares, y pérdidas, sin número quedan.Para nosotros el pasado sólo es un triste recuerdo;El presente es horrendo, si no hay porvenir,Si la noche de la tumba el ser que piensa, destruyeUn día todo estará bien, he allí nuestra esperanzaHoy todo está bien, he allí la quimeraLos sabios me engañaban, y sólo Dios tiene razón."

miércoles, 10 de marzo de 2010

Vivir la Historia

La Historia, así con la mayúscula que acentúa su imponente contenido, siempre parece que lleva la impronta del tiempo pasado; efectivamente eso es así, un acontecimiento –y pido perdón a los especialistas en la materia por si mi reflexión les parece errónea- como cualquier vivencia impactante necesita del periodo de la asimilación, de la reflexión, de la apropiación –también de ella como denunciaba W. Benjamín-.

Ese sello de lo pretérito no debe, en modo alguno, hacernos olvidar lo que expresado sin emotividad se antoja perogrullesco: ese pasado fue, en su momento, presente. Presente vivido, respirado, sentido y......ahora recordado.

Esos recuerdos evocan nuestra persona –o lo que pensamos ahora que éramos en ese tiempo- y creemos, pensamos que es así, vislumbrar lo que los hechos traídos hicieron en nosotros.

Sobre este tipo de experiencia me gustaría hoy mostrar un ejemplo; a finales de 1989 se produjo uno de los hechos –según consenso mundial entre los analistas internacionales- con mayor repercusión global de los últimos decenios.

El pasado 9 de noviembre se cumplieron veinte años de la caída del muro de Berlín, este acontecimiento, vivido desde aquí enmarcado en un otoño casi tan lluvioso como este último, supuso el pistoletazo de salida a una cascada “efecto dominó” que desembocó en la agonía última de la U.R.S.S., período que iría desde el intento de sublevación militar en agosto de 1991 hasta las navidades del mismo año cuando M. Gorbachov leyó –ante el mundo entero- el acta de defunción del gigante socialista.

El artículo con el que os enlazo hoy comienza precisamente con un recuerdo. Su autor, Julio Crespo MacLennan, se retrotrae a sus impresiones presentes –hoy pasado- en aquel noviembre de 1989. Este experto en relaciones internacionales nos habla en primera persona de su vivencia de unos hechos que hoy sin duda –aunque ya se intuía desde su explosión- ya son Historia.
Espero que os guste.